
La UE plasmaba así una política ambiciosa adecuada a la realidad de sus nuevas fronteras exteriores tras la gran ampliación a los países del este y del sur del mediterráneo. Las antiguas fronteras, antaño barreras infranqueables, quedaban en el imaginario colectivo como cicatrices en la piel de la geografía europea. Pero en las últimas semanas hemos asistido sorprendidos a la emergencia dramática de nuevas fronteras “internas” que creíamos haber dejado atrás hace ya algunos años. La revuelta urbana en Francia, y el temor al contagio a otros países europeos, quizás nos debiera hacer reflexionar sobre la necesidad de recuperar de manera urgente para las políticas internas en el seno de Europa, aquellos principios que aparentemente queremos exportar a nuestros nuevos vecinos.
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Con a la crisis francesa no solo han emergido nuevas fronteras, también emerge un léxico al que no estábamos acostumbrados en el seno de Europa y nos trasportan a la realidad de países con graves problemas de estabilidad. Fronteras entre centro y periferia en las ciudades, reestablecer el orden público utilizando el toque de queda para acabar con la insurrección de las banlieus, la intifada francesa, eliminar los guetos, la clasificación entre territorios sensibles y territorio republicano, la fractura social debido a la desertificación social ... etc.
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Esta crisis nos debiera urgir a reflexionar sobre la necesidad de afrontar el doble reto de defender nuestro modelo social y desarrollar políticas de solidaridad para extender el progreso global también a nuestros barrios en el seno de la rica y envejecida Europa. Los que hasta hace solo unos días eran vecinos invisibles de nuestros suburbios, a los que la avería del ascensor social y el laxismo de los poderes públicos los condena a la soledad social, y el deterioro de las condiciones socio-económicas a la aparición de zonas sin ley por la deserción del estado, debieran ser también objeto prioritario de actuación. “Mientras no hay violencia en los barrios se olvida a sus habitantes. Muchos jóvenes han aprendido
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Las nuevas necesidades institucionales nos urgen buscar nuevas formas de gobernar; las necesidades sociales nos deben obligar a diseñar una nueva creatividad política que sea capaz de construir comunidades compartidas, a través de políticas económicas, sociales, urbanísticas y culturales atrevidas que hagan difícil la generación de guetos mediante la fusión de barrios y ciudadanos. Para ello hay que trabajar para eliminar las barreras que crean de nuevo fronteras físicas e imaginarias como heridas abiertas en nuestras ciudades y conducen a los jóvenes de los barrios marginales al torbellino nihilista de violencias y caos.
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La UE necesita una nueva política de vecindad también para sus barrios y ciudades. Una vecindad más próxima capaz también de construir un “círculo de amigos” en nuestras relaciones como ciudadanos con culturas y identidades plurales. Una vecindad amable e integradora que ofrezca un horizonte de oportunidad a esos jóvenes que queman coches fruto de la fustración y desesperanza. “Imaginar al otro es un potente antídoto contra el fanatismo y el odio”, escribe Amos Oz.
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Debemos pues redoblar esfuerzos para proyectar más y mejores políticas, apostando con coraje por propuestas avanzadas y progresistas que eviten el repliegue identitario y el levantamiento de nuevas fronteras. La gestión inteligente los flujos migratorios nos ofrece nuevas oportunidades como las experiencias del co-desarrollo, hacer que los inmigrantes puedan ser fuente de dinamismo y desarrollo en sus países de origen. Imaginemos pues como construir una comunidad de destino, un espacio social coherente con nuestros vecinos, los nuevos y los de siempre, los de aquí y los de más allá.
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