Nuestro buen amigo David Redoli, incansable activista, militante y asesor político y social, me hace llegar un artículo suyo sobre la pasión política de la que yo he escrito sobre su ausencia algunas veces. Es algo largo pero vale la pena leerlo, ya que introduce la variante genética en la comunicación política. Yo le reivindico discutir más sobre ello, además de abrir nuevos espacios para que la pasión política y las emociones puedan expresarse en el Partido Socialista. Redoli me contesta que en los partidos se reduce la pasión a la mínima expresión para evitar tensiones que son difíciles de gestionar. Seguramente tiene razón pero cuando eso pasa en la izquierda, estamos apagando la llama que alimenta el alma de los progresistas. Insisto, deberñiamos discutir más sobre ello.LAS EMOCIONES Y LOS GENES, NUEVOS PROTAGONISTAS DE LA POLÍTICA
La neurociencia, la psicología, la ciencia cognitiva, la biología, la lingüística y la teoría de la comunicación han dejado claro que nuestra forma de entender y de hacer política tiene dos claros protagonistas: nuestras emociones y nuestros genes.
Vayamos primero con las emociones. Investigadores como Antonio Damasio, Robert Entman, el premio Nobel de Economía Kahneman, Daniel Goleman o, en España, el equipo de “el cervell recuperat” de la Universidad Autónoma de Barcelona, han puesto en evidencia que la visión estrictamente racionalista de la política es incorrecta. La inteligencia, la razón son, por supuesto, cuestiones importantes para la lucha política. Pero no lo son todo. Ni mucho menos. De hecho, estudios como The Political Brain (Drew Westen) o The Political Mind (George Lakoff) no dejan lugar a dudas: nuestros mecanismos mentales responden, fundamentalmente, a lo que la emoción nos sugiere y a lo que percibimos debido a los sentimientos. Es decir: es la combinación de nuestra carga genética con el modelaje que hayan experimentado nuestras redes neuronales (a través del proceso de socialización), lo que determina, en gran medida, nuestra forma de interpretar el mundo. Así, la teoría del actor racional, según la cual votamos en función de nuestros intereses económicos, es errónea. La gente cree o no a un determinado político (o a un determinado partido) en función de su experiencia vital (que define, en gran medida, los valores y las actitudes del votante).
Las asociaciones neuronales que se activan en nuestro cerebro, lo hacen al recibir “instrucciones” mediante impulsos nerviosos construidos a partir de un entorno cultural determinado. Un entorno cultural que, en gran medida, está definido por las metáforas. Y es que las metáforas son determinantes para la comprensión de la realidad. Una metáfora es una transferencia de evocaciones, de connotaciones y de significados para contar algo nuevo en términos de algo conocido. Detrás de cada conocimiento hay un pensamiento metafórico. Podríamos decir que, sin metáforas, no hay realidad.
Si no hemos creado las metáforas necesarias para hablar de una determinada realidad, esa realidad no cobrará vida, no existirá. Un ejemplo: la alta tasa de suicidios en Tahití hace décadas se debía a la ausencia del concepto de “pena” entre los habitantes de esa isla, tal y como emostró el antropólogo Bob Levy. Si no había metáfora para definir una realidad, esa realidad no podía ser definida (lo cual no significaba que los habitantes de ese territorio en medio del océano Pacífico no sintieran “pena” ante hechos luctuosos. Simplemente no sabían cómo rocesarla socialmente).
Así, volviendo a la política, la mayoría de los ciudadanos votamos a través de lo que pensamos sobre nuestro partido y sobre nuestro candidato... Sin percatarnos de que lo que cavilamos está definido por lo que sentimos a través de las metáforas con las que hemos aprendido a omprender nuestro entorno, a "sentir la vida". Por eso los asesores políticos se esfuerzan tanto en activar metáforas amables para su candidato y negativas para el opositor. Un ejemplo: si mi contrincante habla de terrorismo, yo hablo de paz. Si habla de un país dividido, yo hablo de la patria de todos. Y si trata a los inmigrantes ilegales como delincuentes, yo hablo de trabajadores inmigrados necesarios para el desarrollo social y económico de mi país. Todos hemos visto casos de este tipo en cualquier campaña o debate electoral.
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No es manipulación. Es crear las condiciones óptimas de comunicación para que los votantes elijan entre mensajes que sean comprendidos por el electorado, en positivo. Una cosa está clara: sin una buena comunicación no se puede ganar ninguna batalla política, aunque se tenga razón en los contenidos. Por eso, los debates políticos que apelan tanto a la razón como a la emoción, son decisivos. Se podría resumir en una frase: la pelea está más en entusiasmar que en convencer, en emocionar que en demostrar. Persuasión desde la emoción, más que desde la razón, pero sin desequilibrar demasiado la balanza entre la cabeza y el corazón.
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Y si aunar razón y emoción es complicado, no olvidemos al otro de los invitados: la genética. De acuerdo a los descubrimientos científicos de James H. Fowler, Christopher T. Dawes y Laura A. Baker (investigadores de la Universidad de California), hay dos genes (de entre los 25.000 con los que contamos) que influyen sobremanera en nuestra disposición a la participación política y a la propensión a preocuparnos (o a despreocuparnos) por el espacio público. Se trata de los genes MAOA y 5-HTT, ambos relacionados con la estimulación de un neurotransmisor cerebral (la serotonina) que genera bienestar, sociabilidad y confianza.
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Y si aunar razón y emoción es complicado, no olvidemos al otro de los invitados: la genética. De acuerdo a los descubrimientos científicos de James H. Fowler, Christopher T. Dawes y Laura A. Baker (investigadores de la Universidad de California), hay dos genes (de entre los 25.000 con los que contamos) que influyen sobremanera en nuestra disposición a la participación política y a la propensión a preocuparnos (o a despreocuparnos) por el espacio público. Se trata de los genes MAOA y 5-HTT, ambos relacionados con la estimulación de un neurotransmisor cerebral (la serotonina) que genera bienestar, sociabilidad y confianza.
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El trabajo de estos científicos (publicado este mismo año en la revista American Political Science Review, reveló que las personas portadoras de una modalidad del gen MAOA (monoamino oxidasa A) y del 5-HTT tienen más actividad social y tienden a implicarse políticamente mucho más que aquellos individuos que no portan esa variante del gen. Por supuesto, no es que exista un gen que condicione la orientación de nuestro voto (algo imposible de suceder, por otra parte, porque los comportamientos sociales complejos son el resultado de la acción de centenares de genes que interactúan estimulados por decenas de factores sociales). Pero sí se trata de saber en qué medida se halla en nuestra programación genética cierta predisposición, positiva o negativa, hacia la participación y la acción política. Es, en cualquier caso, una “complejidad” más a explorar por parte de politólogos, sociólogos o psicólogos que presten asesoría política. Un nuevo reto, en definitiva, para entender las conductas y las actitudes políticas de los ciudadanos, tan emocionales como intelectuales, tan biológicos como sociales.
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Y es que, como sentenció el poeta inglés Charles C. Colton hace ya más de dos siglos: “El hombre es la encarnación de la paradoja”. Sigamos investigando, por lo tanto, sobre cómo podemos mejorar las paradójicas formas en las que nos comunicamos y nos comprendemos... sea o no para ganar o perder elecciones.


