Como biene siendo habitual en los últimos años, los jóvenes son notícia solo cuando se puede hablar de ellos en negativo. Alcoholismo, fracaso escolar, violencia, apatía o pérdida de valores... son el marco referencial para escribir sobre ellos. Ahora han sido las revueltas de Grecia a causa de la muerte del joven griego Alexandros Grigoropulos de 15 años, fallecido en Atenas el pasado 6 de diciembre tras recibir un disparo de un policía, la que encendió la mecha de la indignación en Grecia. En España, las protestas Anti-Bolonia en muchas universidades, han vuelto a poner a los jóvenes en los medios de comunicación en un intento de comprender las causas de las movilizaciones y en algunos casos el uso de la violencia.Para aquellos que observamos a los jóvenes y sus movimientos ya sean organizados o espontáneos y que tenemos experiencia en el mundo juvenil advertimos: no se debe minusvalorar los síntomas que están apareciendo. No existe una teoría que haya sintetizado nítidamente los mecanismos por los que un hecho aislado genera reacciones violentas de masas. La sociedad y las instituciones creen tener tiene un profundo autoconocimiento de los comportamientos sociales, pero la realidad demuestra que sigue ignorando cómo se enciende la llama que precede al estallido de la violencia. La coyuntura política, económica y social tienen un papel relevante. Casi siempre la activación del estallido está unido a la frustración de unas expectativas. Lo que pudo haber sido y no fue, una perspectiva muy vinculada a los jóvenes de hoy, que se siente olvidados por el sistema donde la violencia es una manera de llamar la atención y de protestar.
Recupero una palabras de uno de los jóvenes participantes en las revueltas de las "banlieu" en Francia en el 2005: "Mientras no hay violencia en los barrios se olvida a sus habitantes. Muchos jóvenes han aprendido la lección, ser ciudadano no tiene interés, es mejor romper". Salvador Martí, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Salamanca, cree que en esa frustración nace lo que él define como el capital social crítico, y la gente se fuera de la red institucional formal, los partidos políticos o los sindicatos. "Toda sociedad democrática tiene en su seno tejido social crítico. Y está demostrado que su actitud será distinta en función de cómo desde las instituciones formales se regulen las relaciones con el otro lado". En suma, viene a decir Martí, el estallido es evitable. Ramon Adell Argilés, profesor de la UNED que estudia los movimientos de protesta, añade algo más a esta perspectiva: "Hay mucha gente no representada en las instituciones formales. Gente invisible que, en cambio, se visibiliza en estos acontecimientos. De ahí su carácter inesperado. Y ahí la repercusión en los medios tiene un papel crucial". Los movimientos contemporáneos se generan espontáneamente y por un corto espacio de tiempo, con internet como medio ideal para difundir información y conseguir una movilización rápida y masiva.
En el caso de los movimientos anti-Bolonia, seguramente no solo se trata de una crítica al Espacio Europeo de Educación, es además una crítica a todo el sistema universitario, enquilosado y algo caciquil. Su caracter ha sido principalmete pacífico, aunque hay elementos violentos hasta ahora contenidos pero que podrían aparecer en algún momento. Por eso hay que poner atención y prevenir en la medida de lo posible estas situaciones. Cualquier tipo de protesta es fácilmente exportable. Todavía es pronto para valorar si lo que sucede con la revuelta griega y la protesta anti-Bolonia (en cierta manera, una revuelta ibérica) son acontecimientos puntuales o más profundos, advierte el antropólogo Feixa, "pero sí existen ciertas condiciones socioambientales comunes en Europa (sobre todo en la mediterránea), que en parte explican también la revuelta de las banlieues francesas [barriadas de la periferia] de hace unos años y la que está empezando a surgir en Italia". El contexto de crisis propicia que la revuelta se pueda reproducir en cualquier país.
Algunos buenistas como el amigo Daniel Lostao, Presidente del Consejo de la Juventud de España, cree que no se van a a extender las movilizaciones y revueltas, pero en España se da una situación singular en el continente. Es el único país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el que se ha reducido el poder adquisitivo del salario medio (un 4% entre 1995 y 2005; paradójicamente, en un período de vacas gordas). Y cuenta también con una elevada precariedad: tiene la tasa de temporalidad laboral más alta de Europa: un 31% de los trabajadores es eventual (casi uno de cada tres), el doble de la media de la Unión Europea (14,5%), según datos de Eurostat de 2007.
Deberíamos tomar consciencia de la relevancia de la revuelta como indicadora de problemas estructurales profundos. No es casual que estas revueltas coincidan e incluso se avancen a la crisis (en un sentido no sólo económico sino cultural). Considera el antropólogo Feixa y creo que con razón que "los jóvenes suelen ser el termómetro de los cambios sociales. Mientras hace cuarenta años (1968) anunciaban los límites del progreso, ahora anticipan sus efectos perversos". Y glosa: "En la Europa mediterránea, la juventud se ha convertido en una fase de la vida extremadamente larga, cuyo inicio se adelanta y cuyo final se atrasa ad infinitum".
Así pues atención a los jóvenes, no vayamos a tener algún disguto importante en los próximos meses. Cuando se enciende la mecha de la revuelta social asociado a la violencia, las consecuencias pueden ser catastróficas. Pero hay que recordar que esa violencia física es casi siempre un reflejo de la violencia estructural que vivimos en el mundo actual, por lo que no es intrínseca a los jóvenes o ala condición juvenil. El malestar es general en Europa y puede estallar adonde menos lo esperamos. Las respuesta debe venir de la política, necesitamos una narrativa creible y coherente que vaya acompañada de medidas para poder intuir un futuro menos malo. De lo contrario el conflicto está servido.


