
Parece que nadie sabe a ciencia cierta ni cual profunda es, ni cuanto durará la presente crisis. Todos intentanos tener fe en que alguna de las medidas de choque que tanto en EE.UU como en Europa se están tomando, generen un nuevo círculo virtuoso de confianza que nos permita dislumbrar el final del túnel. Todos esperamos con ansias el 2010 como el año de la recuperación.
Pero el profesor Manuel Castells, buen observador y conocedor de los movimientos y tendencias de la "Aldea Global", ha puesto el dedo en la llaga esta semana al afirmar algo que sabemos pero que no queremos reconocer: vivimos en una peligrosa fantasía, que la crisis es un mal trago, pero que en poco tiempo pasará, y que volveremos más o menos a la situación anterior. Y es que la presente crisis, va a suponer una serie de cambios que nadie atisba todavía a comprender. Asistimos a un cambio de modelo económico y por lo tanto a un cambio del modelo social. Éste puede ser beneficioso a medio plazo si somos capaces de trabajar a corto, medio y largo plazo, explicando a los ciudadanos las medidas a tomar y el porqué. Y eso es precisamente lo que se echa en falta. Casi nadie está hablando de como va a ser o mejor dicho cómo debe ser el futuro después de la crisis.
El profesor Alfredo Pastor ha identificado tres objetivos que yo comparto. El primero es el de mantener la economía en marcha, tratando de compensar la debilidad de la demanda privada mediante la política fiscal; que en realidad es el único objetivo que se ha acometido hasta ahora.
El segundo objetivo es repartir de manera tolerable las pérdidas causadas por el final de la burbuja inmobiliaria. Para simplificar: si alguien se ha comprometido a comprar en cien una casa que hoy vale cincuenta ¿quién corre con la pérdida?. El drama de la situación actual es que sólo el Estado puede adquirir los activos más o menos dañados a un precio que no lleve a la banca a la quiebra. Solo una entidad con un enorme respaldo político y moral (el Estado) podrá imponer un criterio que no dejará del todo satisfecho a nadie.
El tercer objetivo, especialmente importante en el caso español, es transformar la economía. Ahora habrá que acometer ese cambio sin nuevos recursos, porque estos irán dirigidos a mantener el gasto. Pero muchas de las mejoras de nuestro modelo requieren más voluntad que recursos, y en primer lugar aumentar la competitividad de nuestras empresas. És más bien un cambio cultural.
Esta crisis no es el fin del mundo pero si es el fin del consumo como lo habíamos hecho hasta ahora. Aparte de identificar lo que hay que hacer, tan importante es saber lo que ya no se puede hacer, y eso pasa por una nueva narrativa política, económica y social. Una nueva cultura de la que no se construye de forma espontánea. La izquierda democrática debiera articular un discurso comprensible y posible, y no regocijarse solo en la ecatombe del capitalismo financiero. Pudiera parecer que los ciudadanos darán la espalda a la derecha después del cataclismo financiero y económico del fundamentalismo de mercado, sin embargo el principal riesgo estriba en la emergencia de nuevos movimientos populistas y xenófobos o bien de contestación como respuesta a la impotencia de las instituciones.
Hay evidentemente que atajar la crisis, pero tan importante como eso es intuir en que dirección hay que moverse para cuando la tormenta amaine.



