Tras el plan de rescate de Grecia por valor de 110.000 millones de Euros, la UE ha tenido que ir más allá y dotar un fondo de estabilización del Euro de 750.000 millones de Euros adicionales. Una decisión que ha hecho saltar por los aires la hasta ahora ortodoxa política del Banco Central Europeo ante la perspectiva de que el exceso de celo -con Alemania a la cabeza-, que podía mandar al carajo nada más y nada menos que al Euro. Una decisión que pone la primera piedra de un posible gobierno económico europeo, pero nada más que eso, una posibilidad. Ahora hace falta caminar con paso firme y decidido hacia él, construyendo una verdadera unión política y económica, hacer realidad eso que se viene a llamar la gobernanza europea. De otro modo, las decisiones de las últimas semanas no habrán sido nada más que un acto de ganar tiempo a un precio altísimo y que solo nos daría aire hasta la próxima crisis.
¿Qué hacer?. La hoja de ruta está ya diseñada, ahora hay que tener el coraje de cumplirla. El amigo Andreu Missé y Claudi Pérez, corresponsales de EL PAIS en Bruselas, publicaron en el suplemeto NEGOCIOS un excelente artículo "Europa de reinventa en una noche" donde nos dan la clave de momento que vivimos en la UE:
Hay hasta cinco decisiones que se adivinan trascendentales en el devenir de la UE y del euro.
En primer lugar, la Unión dio un paso de gigante poniendo en pie un mecanismo para asegurar la estabilidad financiera del euro con una dotación de 750.000 millones de euros, algo impensable sólo una semana antes por la velocidad de reacción y la magnitud de la cifra. Se trataba de evitar una segunda, tercera o cuarta Grecia. O más aún, de impedir que el contagio acabara con un efecto dominó en toda la zona euro. Está por ver si eso se consigue.
En segundo lugar, los países más acosados (Portugal y España, o viceversa) se vieron forzados por sus socios a anunciar drásticos ajustes para hacer frente de una manera realista a la reducción del déficit y al pago de sus deudas. Grecia e Irlanda ya habían hecho algo parecido antes.
Tres: el Banco Central Europeo (BCE) dio un giro copernicano a su trayectoria de asepsia política y pocas horas después de la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera anunció su propósito de intervenir en los mercados comprando deuda soberana, algo que hasta entonces había sido considerado sacrílego por el presidente de la institución, Jean-Claude Trichet. El BCE fue poco menos que obligado a adoptar esta medida por los líderes políticos. Pero el nuevo rumbo iniciado ha desatado serias críticas, incluida la del presidente del Bundesbank, Alex Weber, virtual sucesor de Trichet, evidenciando una grave división en la institución. El BCE se juega su independencia en el envite.
En cuarto lugar, el acuerdo sirvió de palanca para que la Comisión anunciara tres días después, con mucha más contundencia, una estrategia para potenciar la coordinación económica en la UE. La canciller alemana Angela Merkel, que durante los últimos meses estuvo completamente distraída con problemas domésticos, ha vuelto a recobrar la perspectiva de 2007, cuando dio el impulso decisivo para superar el trauma de la fallida Constitución y apostó por la única solución factible, el Tratado de Lisboa, que recogía su esencia. En un discurso en Aquisgrán con ocasión de la entrega del premio Carlomagno, Merkel afirmó que si el euro falla "no sólo fracasa la moneda: Europa fracasa también, así como la idea de la unificación europea". Europa tiene una moneda común, "pero no una política común ni una unión económica, y esto es exactamente lo que tenemos que cambiar", dijo en un discurso con el que trata de enmendar su monumental error de cálculo de los últimos meses, que ha dejado el euro al borde del abismo.
Y cinco: la intervención directa en la crisis europea del presidente de EE UU, Barack Obama, cobra una importancia fundamental, aunque de ella se hayan hecho lecturas muy diversas. Las reiteradas llamadas de Obama a los líderes europeos (Merkel, el presidente francés Nicolas Sarkozy, el ex primer ministro británico Gordon Brown y el presidente José Luis Rodríguez Zapatero), tenían como objetivo prioritario evitar el contagio de la crisis a EE UU. Paradojas de esta historia: las turbulencias financieras generadas por la banca estadounidense han desencadenado una crisis fiscal del euro, pero podrían volver a rebotar hacia suelo americano. Obama llama porque teme el contagio. Y las probabilidades de contagio son proporcionales a su propia debilidad: EE UU tiene un déficit público rayano en los 1,4 billones de euros, aproximadamente el 10% de su PIB. La imagen de estas llamadas es fatal para Europa, pero lo importante es que Obama explicita la necesidad de actuar coordinadamente, porque el ritmo de su endeudamiento podría ser tan insostenible como el de determinados países europeos. La próxima reunión del G-20 en Toronto en junio es una buena ocasión para medir si las dos orillas del Atlántico sintonizan la misma música.
Así pues, comprar tiempo no está mal si sirve para atacar las reformas y tomar las decisiones que ineludiblemente tenemos y debemos tomar. Si por el contrario solo sirve para alargar la agonía y la incertidumbre, la factura va a ser excesivamente cara y deberíamos perdir responsabilidades a nuestros líderes por su incompetencia.