Crisis financiera, económica y social. Crisis de liderazgo y de la política. Crisis democrática ante la servidumbre de las instituciones ante las presiones de los llamados mercados.....etc Crisis que se yuxtaponen y que nos empuja hacia una cambio de sociedad en los países desarrollados y sobretodo en Europa frente al empuje y pujanza de los países emergentes. Una sociedad en cambio sumida en la confusión, ya que los debates serenos y rigurosos sobre las medidas y políticas a aplicar, han quedado obsoletos frente a la urgencia de las medidas a tomar, como la reforma constitucional para consagrar el límite de déficit en nuestro país. Se toman las medidas y luego se intenta convencer de su necesidad. ¿No debería ser al revés?
Así, la política y las instituciones se han convertido en un parque de bomberos donde se apagan fuegos que prenden por doquier, mientras son los mercados los que dictan el camino a seguir. La crisis económica -como bien ha definido Daniel Innerarity-, ha puesto de manifiesto la singular transformación emocional del capitalismo contemporáneo, donde la codicia es la fuerza dinamizadora de la economía y no el desarrollo a través del crecimiento. Frente a ello, la única alternativa posible es la de la indignación, porque los militantes de partidos, sindicatos, organizaciones empresariales y demás actores de la sociedad civil, son convidados de piedra de esta fiesta, ya que las decisiones se toman en otro lugar, aunque no sabemos muy bien dónde, pero sabemos quién las publicita (las agencias de calificación anglosajonas).
Ojalá, por lo menos las decisiones se tomaran en el seno de las instituciones europeas, que no hacen otra cosa que certificar a posteriori las medidas tomados por terceros. Sin más integración política y gobernanza económica europea, la UE está condenada a la crisis permanente.
En unos meses tenemos elecciones generales en España, en la que los ciudadanos tendremos que elegir a nuestros representantes para los cuatro próximos años. La motivación para la participación no es alta, ya que nadie puede garantizar que los programas electorales que nos presenten los partidos políticos serán las medidas que marcarán la senda de futuro. Harán lo que buenamente puedan.
Asistimos a un cambio de sociedad, en la que tenemos que replantear muchas de las certezas con las que hemos crecido y vivido. Lo peor es que nadie explica de forma pedagógica cuales son esos cambios ni sus consecuencias. Uno de los pocos que lo hace es Felipe González, lo ha hecho de forma brillante en su libro "Mi idea de Europa" y ayer mismo e su artículo "Debates confusos":
"Esta es una crisis de cambio civilizatorio, de gran calado histórico. Estamos viviendo la transición entre el dominio de un Occidente hegemónico durante siglos hacia un Oriente en desarrollo rápido; de los países centrales pero endeudados hasta las cejas y los emergentes que producen y ahorran lo que los primeros deben; de las economías industriales dominantes de los mercados mundiales que imponían precios de materias primas y de manufacturas hacia economías en desarrollo que reciben las inversiones que se deslocalizan de los anteriores; de una economía basada en la industria hasta otra basada en el conocimiento que está alterando las fronteras del desarrollo y crea nuevos espacios, y distintos, para competir con éxito en la economía global".
Una sociedad en cambio y sumida en la confusión donde nadie se fía de nadie. Ante el agotamiento de la política y sus instituciones, las únicas respuestas pueden venir de la sociedad, con la emergencia de una nueva energía y renovadas ideas. Tenemos las responsabilidad de hacerlo o por lo menos intentarlo.