La política como las finanzas y los mercados también se volvió tóxica. Ha sido penetrada hasta el tuétano por el virus del sálvese quien pueda y del beneficio personal por encima de lo colectivo.
Ya queda poco de la ejemplaridad pública, de la ética, e incluso muy poco de la estética.
Aquello sobre lo que nos ilustraba Daniel Inneratity en sus libros de que la política es posibilidad a través de la confrontación de ideas, la mediación, la síntesis y el consenso, parece que ha pasado a mejor vida.
Ahora lo tóxico y la volatilidad también contamina a a las instituciones, que han desertado de su responsabilidad de gobernar la sociedad. Son los mercados los que nos gobiernan a todos.
He publicado un artículo en el diario Nueva Tribuna en el que reflexiono entorno a ello de manera crítica, pero siempre con la esperanza que la política vuelva a ser el instrumento que nos permita construir nuevas coherencias.
Estamos a la espera de que emerjan nuevos liderazgos políticos, porque oteando el horizonte no se observa que los que se ofrecen sean capaces de generar pasión e ilusión.
Si eso es así, es la hora de que la sociedad levante la voz y tome la iniciativa para construir una nueva narrativa, una nueva inteligencia política y social que va mucho más allá de los partidos políticos y las instituciones, tiene que articular la pluralidad y complejidad de la sociedad.
Contra los productos y personas tóxicas, la única vacuna es más participación, más compromiso, nuevas propuestas, nada de quedarse en casa esperando. Nos va mucho en ello....
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